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Soy testigo de un ligero rastro,
Me pregunto por un cuasar, en lo esencial, tal vez en esta habitación
-Por una taza de té doblada sobre mi pecho miles de años atrás, este insomnio-
Viaje del descubrimiento, las costas de este continente, cosas que incendian mis ideas en momentos como éste, todo tan invisible
Descubro de pronto que las partículas abusan de su pequeñez, todo parece evanescer,
la luz de la ciudad en esta tarde sin escapatoria
Vivo bajo el espesor del universo y no me percato de tus pasos, mis preguntas se hacen fugaces y torpes
-Si fugo me convierto en presa tal vez de tus ideas, la noche va cayendo-
Si me quedo moriré por la radiación inaprensible de las palabras que mascullas, leyendo, como en sueños,
Y me desdoblo
Me percato, en la soledad de la habitación, que huelo como esas almas que cazan por la noche, desembarazadas de prejuicios
Esas que luego se bañan en la sangre tibia, esperando enfríe
Intuyo tras la bruma de esta calle la minuciosa catarata de partículas de poca masa, los neutrinos
que irán a dar a alguna película rodada en el centro del Universo o en las palabras de Pablo, en el bar de esta clara esquina, una vida de especulaciones
Pregunto a un animal sobre la profundidad de los abismos, el silencio es brutal
Sobre la antigüedad de mi escafandra, rota, fundida hace milenios con la esperanza de hallarse de pronto en el secreto
En varias ocasiones, tardes similares a esta que va cayendo, los salvajes me invadían con preguntas de esas que derrumban eras, yo hasta ahora no he sabido responder, por ello esta habitación se hunde en la noche de aerosol azul
Mientras el vidrio de mi ventana retiene solo el peso de esta luz roja
Medular, la calle que se explora a sí misma
-mi conflicto continúa, no hay escapatoria-
Las partículas ajenas, interiores a uno
Se dividen en la memoria
Y las fieras entran a casa para soñar su digestión divina, equidistantes de mi esqueleto y de mis ideas desolladas en el suelo
Yo te pregunto
Mientras lees esto bajo la influencia de la materia que se escapa del descubrimiento, de los continentes hechos polvo y de los salvajes dispuestos a matarnos
¿Hay al menos una estación vacía
Perfecta
Donde se pueda esperar que la ciudad empiece su existencia
El bosque retenga su figura
La galaxia no se entrometa
Y las partículas me encuentren boca arriba?
El lector, como los salvajes de mi memoria, no sabrá responder
Un plano de la ciudad, tal vez la soledad de la palabra en el universo o los pasos apurados en las calles de este barrio
No lo sé, la presión de tantas esferas como suspendidas y la rapidez de las partículas me están desanimando de salir de casa
Hay periodos del universo que se me escapan
Las ideas dicen “creación”
Yo no les creo
Esta es la soledad de la palabra lejos de la materia, inclusive lejos de las mínimas partículas
De velocidad incalculable
La habitación encendida hasta altas horas del mundo entero
Como una señal de “creación”, de muerte y de vapor urbano –y de luz donde se discute aún de su textura-
Inexactitud, colonización, las pieles abultadas de las fieras reñidas con el horizonte, soñando, asesinadas por lo que el filósofo de la otra habitación llamó un día
Mi experiencia del olvido
-eso todos lo sabían ya en este barrio religioso y criminal-
Y sin dudar en la eficacia de mis cálculos
Encendiendo un cigarrillo, advierto nuevamente que mi teoría de la cacería nocturna,
Esa por la que he velado como el origen
y que me ha otorgado este olor característico, está a punto de declinar -el mundo se distrae mucho-
La muerte te enreda en la habitación, con preguntas, pensando en la estación, las calles, el bus de regreso entre las dudas y los eclipses –la luz y esta teoría corpuscular-
La pestilencia de las fieras que he cazado y de cuyas pieles he recubierto las ideas
Los sordos espejismos
Las palabras
Que las partículas atraviesan de cabo a rabo
Por lo que tal vez me mantenga -esta larga noche- despierto

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