Escrito a la muerte del poeta

Arrastrar toda la vida un zapato incandescente

No temo decir que alguna vez me enamoré de Dogaresa. Eso que ocurre de vez en cuando no nos elige desde el libro, ni tampoco desde la máquina transparente que lleva en la cabeza su autor, llega justo desde Dogaresa. Acudo, cada vez que me siento en habitaciones extrañadas, a la habitación en roma. Cuál sería mi sensación la noche que descendí del tren en Roma. Sólo unos minutos después, mientras iba por las calles y escuchaba de lejos la conversación de Arianna y su prima, descubrí en mi cabeza una cavidad, un habitáculo de nostalgia por una ciudad que recién conocía. Más tarde, solo media hora después, en Trastévere, sentía que Roma era una habitación monumental. Una habitación que te acaricia la piel con piedra y noche. Cruzar el tévere, saludas la estatua de un poeta que compara a los hombres y los animales, estos últimos saltan dignamente sobre ti. Entras a trastévere y es más evidente que el balanceo de la ciudad te hace sentir en una habitación. Solo un poco más tarde me digo de nuevo -como si la frase flotara en un río: Habitación en Roma.

No puedo decir mucho de la obra de Eielson por sí misma, ni tampoco de su obra como estado vertiginoso fuera de mí. Sólo puedo hablar de la intensa conciliación, día a noche, que palabras y cuerpos de palabras ofrecían en mí. No como si un adentro se me impusiera por el brillo azul de las palabras del poeta, sino porque además ese brillo me dejaba ver el presente preciso de afuera. No se puede estar en mejor sintonía con la órbita de los objetos amados. La conciliación de los dientes de esos engranajes brutales e invisibles, sustraídos de la ausencia de pronto, vueltos una carne memoriosa y sutil como la noche en la ventana. Eielson me llevó, sin conciencia de ello, a pasear por Piazza di Spagna un día que el granizo arrancó sonrisas a los corredizos transeúntes. Imaginar a Paolo en un ángulo. Correr con Arianna. Tomar una foto desde las escalinatas, una foto que hizo invisible al granizo, pero que era un diente del engranaje estelar del poeta.

Giulia, tomamos una naranja helada que colgaba del arco, más allá un camión de basura podía darnos la vuelta a Roma en la madrugada. Pero anduvimos un poco. Por Eielson la naranja de Giulia le supo a Arianna bastante ácida. En casa tomamos nota de un sueño conjunto, y era en Roma, aunque el libro se hubiera quedado en Visarno. Como un esbozo de comunicación que pasa finísima por las cosas, lo que queda de rastro en las palabras desempolva de pronto el encuentro con lo imprevisible. Como practicar una arqueología de eventos inmiscuidos en la corta vida de la palabra y en el largo perecer de los objetos. Y así cuando lo inverso es perfectamente válido. Mutación siempre. Eielson ha logrado sobre la Roma que yo he visitado, destejer la presencia cotidiana de los objetos y los cuerpos para que se alumbren ellos mismos desde su núcleo, el que le da a la palabra que los toca una especial susceptibilidad para la simbiosis (y para la metamorfosis).

Un estado de gracia para percibir sin fundamento preciso que los objetos transgreden la realidad. Vienen más acá con su vómito impresionante. ¿Cómo puedo abstenerme de estar tan alerta de la vida si he leído a Eielson? ¿Cómo puedo no menos que ausentarme de todos cuando la muerte está plagada de animales fabulosos que no existen detrás de la pared blanca? Una ráfaga de nieve en Milano cierra los poros. Un viaje de vuelta a Visarno y abro un libro para leerle a Arianna Arte Poética II. Mis zapatos empapados por la lluvia de Siena se van secando encima de la estufa roja de la habitación. El saxofón dorado de Arianna descansa muy cerca, sobre las sábanas. Una ventana al bosque toscano silbado por la nieve vitria. Leo: Dejar caer la mirada/Sobre el papel indiferente/Arrastrar toda la vida/Un zapato incandescente/… Arianna se percata de un olor que corta torpemente el aire: "algo se está quemando". Retirar la mirada del papel indiferente para ver los zapatos sobre la estufa roja, mis zapatos a prueba de agua húmedos por la lluvia de Siena, mis zapatos que echan humo. Mis zapatos ardían en ese precioso instante. Los únicos zapatos que tenía debí arrastrarlos por dos días antes de volver a Milano por un par nuevo. El jebe chamuscado me intoxicó, bebí leche para limpiarme lo que creía era una intoxicación bailando en la sangre. Arianna tocó el saxofón en honor a Eielson, pero también a Parker. Yo tosía con mis zapatos humeantes, victoriosos por el verso que sale del papel.

He dejado los zapatos en Milano hace unos dos meses. Cuando vuelva los pondré de vuelta sobre la estufa roja. Zapatos marrones sobre la estufa roja. ¿Cuándo uno deja de leer a Eielson? Instrucciones para colocar las cosas en los casilleros destruidos del aire de la ciudad. Silla en la que nadie se sienta a esperar el fin de la noche. Siempre tendré que dudar entre estar leyendo un papel indiferente y asistir a la danza transparente de la realidad. En ese ángulo de las ciudades le debo la vida a Eielson

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