Octubre abres el café como una rosa de vidrio en plena sala, el edificio tumba sus ventanas sobre tus manos-arcos-de-la-infinitud, un pasadizo como los intestinos vaporosos de un caballo se abre tras la curiosidad de un pájaro picando la pupila. allí está la comunicación: la pertinencia: los árboles del jardin de luxembourg empiezan una patraña, una música manchada de hojas escritas sin cesar por un aficionado al sueño impaciente. tres realidades, la mía, la tuya y la del jardín. abres el café sin beberlo, te hundes en el calor oscuro de tus ojos cerrados y petrificados como signo de la levedad del tiempo en la habitación. afuera hay un tiempo de venas colgando en las farolas: la calle se va cerrando en ella misma, como un laberinto circular de una sola vía. los horarios de partir y aquellos de entregar la ciudad en un dibujo se van confundiendo. para la madrugada no importa si estoy en esta ciudad o si viajo instintivamente al carácter de una fruta de vidrio negro. una fruta de vidrio...