Salto atrás

Asimetría

La partición del hombre
A veces hemos despertado con las ganas de empezar un cuento, escribir como si
fuera la última noche del mundo. Esas veces uno va perdiendo la noción y se
encuentra de pronto sumergido en tal oleaje de cosas, de temperamentos y
necedad y de savia brillante, que al final de la noche, en el despunte de la
madrugada, sólo nos convence del pasado un ave oscura y escondida afuera, la
misma que empieza a despertar a mil otras aves odiosas y llenas de rencor y que
nos separan de lo escrito.
El producto que guardamos en un cajón, el cuento, se abastece de su propia
orientación, se cubre de la calamidad imborrable de nuestra memoria en la noche,
la impiedad sublime de nuestro organismo; el producto escrito se siente tentado a
quemarse en el cajón y sentir el eco de sus llamas mientras se deja llevar por la
suave idea, el equívoco somnoliento de que cajón significa también cajón “de
muerto”. Así uno, el que ha escrito, se echa de vuelta, coloca sus huesos en los
lugares que su cama ha registrado previamente, tras años de una horrible vida
sedentaria, asistida por catéteres imaginarios, intramusculares, intracerebrales,
catéteres que se conectan a algunos árboles, a algunos hermafroditas, a aves
negras que vuelan conducidas por nadie sabe cuánto poleaje y cableado
inmaterial. El hombre así dormido finge no haber escrito nada y se deja convertir
en otro distinto a este que escribe ahora mismo. El hombre se separa en tres
absolutos desconocidos que brillan en la orilla de un solo espejo inmaterial. Unas
veces pronuncia dormido una palabra que luego tiene eco en la memoria del
hombre que escribe esto, y otras resuena en la profundidad del hombre que
escribió el cuento luego de despertar en su cuarto. Si el mundo fuera un geizer
que destempla las estrellas, como en el sueño del hombre, la cercanía de las
cosas nos asustaría más que ahora mismo, habría que colocar nombres más
eficaces, que puedan controlar mejor la anarquía constante de los objetos, la
misma que alimenta la poesía nocturna, la única que ha quedado hoy en día y que
es la zanja del cerebro de la que brota la enfermedad brillante.
Nunca más hay unión entre los hombres que se han separado por un juego tan
extraño como caprichoso. La partición del hombre es diaria, es innumerable, y ese
fraccionamiento es imprescindible en una época en que la unidad es una
sobreestimación de la nostalgia.

La parición del espejo
Una vez debilitada la idea de unidad, de individuo, el hombre se dispone a arrugar
la vigilia y acariciar como un gato dormido a su espejo. Es difícil que alguno en
este planeta acepte haber distinguido las garras del espejo. Pero hay hombres que
han vivido para contarlo, estos espejos han tomado la forma extraordinaria de una
pirámide en medio de selvas enormes. El hombre que quiere debilitar la unidad, es
solamente un rastro tenue en el perímetro de las ruinas, una incandescencia a
penas brillante en la oscuridad pervertida de una pupila negra e hinchada. Y aquél
hombre, ha sido arañado muchas veces por su espejo, ha tenido la conciencia
expuesta a la mutilación, al inolvidable espectáculo de un volcán de vidrio, ese
hombre ha sido desgarrado en tres por su propia imagen, tal como hiciera la garra
en la noche.

No se puede olvidar en la noche, aunque haya sido la pretensión universal. En la
noche es cuando nos jugamos la broma y cuando ponemos toda nuestra
confianza en el olvido, sin embargo, este hombre devanado en la orilla, este
hombre decapitado tres veces, ha conocido la levedad de sus pretensiones y se
ha llenado de moho por toda vez que la oscuridad se ha solidificado en la piel de
la memoria, y ha empezado de ese modo la vida del cuerpo, del olvido. Por eso es
un hombre sin gravedad, un hombre en la órbita de su memoria y un hombre en la
presencia de su voz. La noche está hecha justamente para aprender a escuchar a
los tres desgarrones del hombre. La noche es un fenómeno acústico.

La exhumación en la noche
Se ha levantado en un punto cardinal de su desvarío, el que los indios señalan con
una flecha púrpura, ha medido las consecuencias del largo letargo y ha dispuesto
pelear contra sus enemigos. Hay chozas dispersas, humo rezumante, hay mil
animales secretos que tienen deseos de vidrio escapando por sus ojos. El hombre
conoce la choza de su primera imagen, ausculta en un mapa imaginario la
redondez de la sombra y del bosque, la copiosidad de la lluvia; estudia los
movimientos de ataque y la rapidez instintiva de los ojos de los jaguares, de su
imagen. Conoce menos la ubicación de la choza de su otra imagen, sabe que ellos
también se preparan para la guerra en el bosque porque hay tambores y los indios
han empezado a pintarse el rostro con achiote.

Cuando esa suerte de esporas que bota el cuerpo, producen somnolencia en los
animales, cuando por ósmosis con la noche se continúa la conexión de hojas y
pleitos, de canales y luz lunar, es en esos momentos que la batalla está decidida,
que el mensaje ha sido captado. Las tres imágenes se hacen de sus flechas y a
arcadas atraviesan los primeros senderos del bosque. Para la batalla hay que
caminar lejos de los senderos de pesca, los senderos de caza, hay que entrar al
bosque como se entra en un pasado peligroso dentro de la cabeza. En la noche
las bestias usan los caminos del hombre. Tres chozas equidistantes que destellan
como fogatas de peridoto, como las cuevas del cuerpo separado por una
contingencia estelar, inimaginable y sorpresiva, laten como la sombra misma del
hombre. El bosque es la voz que se inclina sobre sí misma y empieza la creación
del verdadero sonido, del único sentido, el que se escucha a sí mismo. Los
hombres pintarrajeados mastican sus tallos de batalla y propician la muerte, en
sus cabezas llamea el mito y temen ser vistos, intentan sólo pensar en la voz, sólo
tener la voz, sólo acamaleonarse con el bosque, sus nombres son camaleones en
el bosque, en la voz, ese es el estado de gracia para la guerra, nadie los puede
mencionar y se ven desaparecidos.

Las flechas tocan los cuerpos pasado un viaje que pocos distinguen. El arco se
tensa con un leve temblor, las venas se tienden entre sus amarres, las venas
destellan en los brazos que templan la soguilla, la flecha fue un pájaro y una caña
del río y un secreto de fertilidad y la núbil mujer traicionando a los hombres del
cielo. Las venas del hombre han transmitido una larga historia en su tensión, la
flecha ya había topado con la cabeza del hombre agazapado. Una vorágine que
arrastra la pulpa de los ojos se convierte en la oquedad, en un espejo izado en
medio del sueño. Una imagen ha sido exhumada en el bosque y la fogata de su
choza incendia un perímetro mayor al de la primera palabra aprendida.
Hay dos imágenes entregadas todavía a la batalla, pero destaca de todo esto, en
la profundidad de este lecho de vapor y alimañas, la simetría conseguida, el
principio de la destrucción. Corre buscando dar sorpresa, atraviesa, salta, se
hunde y lleva consigo la flecha ensangrentada, iluminada. Consigue dar con el
raro espacio silencioso, el doblez de la memoria, un sobrevuelo de la voz con cuyo
consentimiento abre los ojos del mutismo. Él cree estar en el territorio del olvido,
de la clarividencia, y se siente perturbado por haber caído en ese lugar en el que
la ausencia es imposible, en que todo es pura presencia, puro silencio, puro
olvido. La otra imagen, el jaguar, está trepada en la horcaza del árbol, pintada,
manchada bajo La Luna y apunta. La altura es un artificio que nos da consuelo en
la noche, puesto que estamos lejos de algunas causas. El frío de la noche es
perfecto, es auspiciante y el brillo de los huevos de rana en la acequia equilibra la
mirada.

Una flecha viaja partiendo la columna y dejando chispas azules en el aire. La
madera de la palmera de esta flecha es dura, y el hueso es de piedra como la
flexión de la agonía es transparente. Sería hilo de un destino oscuro, muy oscuro,
el que alguien pierda la vida en el sector del silencio. A veces tenemos
pensamientos que son como el volumen, el espesor de una gema negra u otros
que son como un pozo hondo de agua en el que cae una piedra, la distancia entre
un tipo y otro es que uno de ellos se asemeja a la muerte. Entre el sector del
olvido, esa horcaza en la altura y el agujero en la cabeza de la imagen muerta, se
ha desvanecido una línea de la asimetría, se ha desvanecido luego la simetría y
en la levedad y el tamiz de humedad nocturna, una última imagen ha quedado sin
exhumar y como indeleble en el aire y la circulación solitaria. Una choza, una
palabra, contiene su resplandor en el bosque, pero ya no volverá a ser unidad en
la marcha irreversible. En la madrugada las bestias abandonan los senderos del
hombre.

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