De "Diario de Paris"



En los márgenes de tu casa has pintado el arco febril, me paseo y levanto la mano señalando sus límites con la bóveda, los juguetes de madera y el humo. Estoy después triste y depurado en un ciclo de viajes migratorios como de telaraña de tus manos a telaraña de tu cabellera. Viaje con todas las entrañas de árboles, poemarios mojados y parásitos del corazón. Al final descubro que solamente he estado hablando de tu cuerpo. Que todos los libros escritos y las ventajas perdidas han tenido que ver con tu cuerpo. Son consecuencia, como el humo de Roma, de tu cuerpo.

Y lo más siniestro de estos días de entrar en razón es que seguiré hablando, escribiendo, celebrando tu cuerpo. Como el tirano que eleva la ciudad a una magnífica pira para tus diez mil ojos de azor adulto y luego bebe vino con cenizas. Qué decir del bosque donde cazaba mi madre, un búho cuyas alas rosadas se iluminan del temor al fuego y donde sus ojos contraen las pupilas. Las pupilas son el rumor de las palabras. Como si durmiera una cascada de leche en la lámpara y su sueño fueran tus articulaciones, y que si se apaga en medio de la ferocidad de las calles, de pronto da con la vibración imperceptible de los fotones en las acequias, esas fétidas y calurosas. Ya no tu cuerpo dando ondas casuales a las cosas, tocándolas para darles un sentido de lo hundible del tiempo, sino tal vez procurando la coordinación de los estados de gracia. Ondas causales así de una muy otra manera. O también como si un ataque de tarántulas castañas rejuveneciera la faz de una estatua en la plaza sombría. Unas palabras venosas y unas plantas venenosas crecen en la oscuridad que termina en las calles aledañas, a la distancia son similares. Siniestro todo si continuo amparado por los interiores sin espejos de tu piel quemada por los rayos de los transeúntes y de sus animales, o también de sus presas. (Mirar a través de un prisma hecho de la secreción fosilizada de un antiguo cactus. La alucinación es mirar y es una simple práctica en los atardeceres de verano limeño, en el techo de mi casa). Excavando perdidamente la ruta al vientre, modelando las escaleras interiores de tus ideas que se desbaratan como una baraja de intenciones sobre la mesa del juego. Como las estatuas de reyes en ese puente de Praga sobre el que ir de un lado era cambiar el destino del otro lado cuando amanecía.

Ya entender implica priorizar el bulbo del silencio en la piel limpia y catártica del otoño en Belleville. Pero ya de tu cuerpo dejado en esta casa, abandonado por un tren a Milán Estación Central, abstraído por cuadernos sensatos y dibujos borrados, no se habla más en este barrio. Solamente como una gota de aceite descendiendo los acueductos de rue de cascades tu cuerpo se perpetra en los barrios menores y delicados como en un metro atrapado por la maleza subterránea. A la distancia son similares.

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