Del Libro de las Partículas

Veo mis libros
un traste poco usado de palabras sin corregir
veo claramente que los árboles se curvan cada segundo
para dar alcance a una sumatoria de posibles curvaturas
-rápida plaza de Sainte-Marthe en tiniebla de Euclides-
la estrategia de flotar en el aire de paris me parece convincente
hacerlo dos madrugadas seguidas me ha llevado a conocer las cornisas
los cálculos de gatos y amantes que gastan los mismos genes en su brasero diamantino
las fotos que llevo relumbran como en ciertas imágenes el final de la vida
desde allí
perseguida por unos cuantos ojos abiertos
la labor irreprimible del pan azul mordido del sueño
se encarama a las paredes
por donde cuela el agua, la noche y la sospecha furiosa
pero me digo ahora que veo mis libros allí abultados
y el polvo sobre el significado de los títulos
allí enredados
¿cómo es que hay un espesor tan poco evidente que debo flotar todas las mañanas?
¿cómo es que ustedes títulos desprevenidos de encontrarse allí dejan en el aire este aroma
inútil y adverso a mi saliva?
un traste poco corregido de palabras sin usar me digo
la poesía sirve a los objetivos que se desmoronan en las circunstancias
me digo para nada
y
salgo por la ventana una vez más
-pájaro de los objetivos-
inclusive los edificios comienzan a curvarse
como si hubiera caminado
mucho más allá del aire
y la Tierra cubriera el limitado espesor de una voz en la noche que dice
“y de la realidad los ojos”
-las fauces húmedas de la circunstancia, hoy que llueve-
o como si la ciudad resultara sin lugar a dudas
uno de los tantos posibles accidentes de una esotérica topografía
-como si la humedad se contrajese, una estatua de la noche ya diría yo inmóvil-
vuelvo a casa con el poder del sol y del tirreno
antes olvidaba que estoy hecho de caminar y olvidaba hasta de verte
ahora floto y te echo de menos
cristales rotos de la poesía gatos que saltan
altísimas velocidades del sueño que declinan en sus patas

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