De Diario de Paris


Poema de pájaro como ese, condena a la poesía. Nadie me puede pedir que sea respetuoso, o que me comporte como para salvarme. No haré de manera que el tiempo se congele, ni por una mujer, ni por un hombre, ni por el que cree de verdad, que tras la mesa, un dios traga sus propios intestinos. Poema de bestia que condena al agua con su vívida suciedad.

Ya no sé distinguir el paso del tiempo del de un café que se enfría en la barra. Mis recuerdos son parte de una corta prisión en la Luna, son un reflejo delgado y húmedo. Si esto es entretenerse con los sonidos de las palabras, con la misión de destruirte, ¿por qué duele tanto la narración insostenible de tu silencio? No haré de manera que la noche se te acerque, pues he aprendido a odiarte y por eso hay que dejarte vivo. Cambio de ojos ¿No?

La carta que lacta en la sombra, esperándote. El mueble en el que la última vez me bebiste, encendido, azul, en mi biblioteca. La fotografía que simula la transparencia del Atlántico…

Hay un arco que no pintaste. Yo doblo en la esquina con mi pucho y sin nada, te lo juro, nada de aburrida metafísica.

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