De Diario de Paris



Antes que aparezca Helena, Octavio se pregunta o bien, se dice:

Como perforando ciegamente el caos, donde a veces la materia es visible y se colorea sin palabras posibles, así tiembla mi mano.

Y con todo este silencio brutal, a veces iniciático, debo contestar a respuestas antes que a preguntas. Un mundo sin solución en la solitaria lámpara de la paciencia. Así es una ciudad a veces.

Y otras te escondes en los pequeños núcleos de objetos, valga nombrar el sol, los corchos y de vez en cuando sin temblores como los del pensamiento, en canicas. Vagamente la fantasma que reúne todas las características familiares, se pasea por esta sala dejando un aroma tan sencillo como la caída de una hoja en un estanque triste.

Yo qué sé de haikus, de esa memoria infinita de las cosas, la que se renueva, se tuerce en el aire y abre una sensación cálida en el ojo de la tormenta cotidiana. Las palabras no han sólido estar hechas, sino deshechas, y por asistir a su derrumbe inconcluible es que a veces me siento en plena madrugada a mirarte a los ojos.

Para seguir en el viaje se queman los cuadernos, se desordena la pericia y en la inclinación sanguínea de un camino se marca el primer paso sin dar certeza a la mirada. De la pérdida de la certeza.

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